Pisístrato en la Casa Blanca

Demagogia, fake news, era postfactual… vivimos una época en la que los denominados movimientos populistas -reformulación postfactual de lo que es el ultraderechismo rancio de siempre- disfruta de días de vino y rosas. Que el Front National alcance la segunda vuelta en las presidenciales francesas empieza a convertirse en una bonita tradición republicana. En Italia la Lega Nord lleva décadas defendiendo a punta de racismo fascistoide la independencia de ese país salido de un mal viaje de LSD llamado Padania. En Holanda y Austria la extrema derecha, que cambió las botas martens y la chaqueta bomber por los mocasines de cuero y los cuellos de camisa sin corbata, ha estado a punto de hacerse con el poder y en Alemania la alegre tropa de la AfD se ha convertido en la tercera fuerza política en el Bundestag. De Polonia y Hungría ya ni hablamos y en EE. UU. tenemos a un tuitero con ínfulas de troll sentado en el despacho oval y tentado de continuo a inaugurar un escenario de película postapocalíptica.

No es de extrañar que ante este panorama hayan proliferado como setas las comparaciones históricas. La más común, hasta alcanzar el nivel “cansino expert”, ha sido la reductio ad hitlerium. ¿Quién no tiene un primo, una cuñada o un tertuliano de televisión española a mano que no le haya dicho en tono intelectualoide: “esto es como lo que pasó en la Alemania de los 30”? Tanta comparación con Hitler a mí se me hace empalagosa y, sinceramente, no la veo tan justificada. En primer lugar porque en la segunda y tercera década del siglo XX la ultraderecha se tuvo que partir la cara con poderosos sindicatos y partidos anarquistas, comunistas y/o socialistas (dependiendo del país), mientras que en la Europa actual (y en EE. UU.) se enfrenta a la nadería yuppie más absoluta, bautizada muy sofisticadamente como “establishment”. Y en segundo lugar porque considero mucho más certera la comparación con las tiranías en la antigua Grecia. ¿Por qué? Porque soy un snob y un pedante de mierda y también porque, oye, hay un par de cosas que sí se parecen mucho.

En la llamada Época Arcaica de Grecia, es decir, entre los siglos VIII y VI a. C., la mayoría de las ciudades-estado helenas estaban gobernadas por regímenes oligárquicos. En cada polis había un pequeño número de familias aristócratas que se repartían los cargos políticos, controlaban el sistema judicial y monopolizaban las dignidades sacerdotales. Además, o más bien a causa de lo anterior, habían ido acaparando cada vez más tierras. Esto, de por sí, no las hacía precisamente simpáticas para lo que llamaríamos el pueblo llano, pero es que la situación se agravó al extenderse por todo el mundo griego una profunda crisis económica. Debido a un aumento de la población, a la progresiva sustitución del tradicional cultivo de cereales por otros más especulativos como la vid y el olivo y a la extensión del latifundismo, el hambre de tierras se hizo cada vez más generalizada. El pequeño campesinado, incapaz de competir con las grandes explotaciones, se fue depauperando y muchos se vieron obligados a vender sus tierras. ¿Quiénes eran los compradores? Los que tenían pasta: los nobles. Una de las consecuencias más dolorosas de esta crisis fue la extensión de la esclavitud por deudas. Muchos pequeños agricultores se veían en la necesidad de pedir un préstamo para sobrevivir. ¿A quién? Al que tenía pasta: el oligarca. Si el campesino no lograba pagar el crédito, debía responder con su propia persona (o la de sus hijos), pasando a convertirse en siervo de su acreedor.

No es de extrañar, que fuera en esta época cuando los griegos se lanzaron a fundar colonias por todo el Mediterráneo. Fue así como surgieron ciudades hoy emblemáticas del Mare Nostrum como Marsella, Nápoles o Tarento. Y es que montarte en un barco para crear tu propia urbe donde Cristo perdió el mechero era lo que se entendía entonces por emigrar.

Bildergebnis für colonización griega

Crisis económica, enriquecimiento obsceno de las élites, explotación, empobrecimiento progresivo de las clases bajas, aumento de la emigración…. ¿les suena el panorama? Pues espérense, que hay más. Como era inevitable, la situación provocó gravísimas tensiones sociales. Es lo que se conoce como la stásis, término griego que suena muy fino, pero que resume las ganas generalizadas de los labriegos locales de cortarle el cuello a los señoritos del pueblo. No es de extrañar que en esta época aparecieran los llamados legisladores: en algunas ciudades la aristocracia cedió el poder momentáneamente a alguno de sus miembros para que realizase las reformas legislativas necesarias a fin de evitar una guerra civil. Tipos como Licurgo en Esparta o Solón en Atenas trataron de resolver la crisis social aboliendo la esclavitud por deudas y ampliando tímidamente el cuerpo de ciudadanos con plenos derechos (o casi). Así, para alejar el fantasma de la revolución, la aristocracia eliminaba la peor de las amenazas que se cernía sobre los más pobres y trataba de satisfacer a los más adinerados de entre los plebeyos cediéndoles poder político. A cambio, mantenía sus tierras y gran parte del control de los poderes del Estado: fue el cambio tranquilo, sin extravagancias revolucionarias (¿Les suena?).

No sé si será una sorpresa para ustedes pero la labor de los legisladores no resolvió el problema en ningún sitio. La única excepción fue Esparta, pero ello se debió más bien a que sus ciudadanos pronto se dedicaron a colonizar a los mesenios. Así, saqueando y esclavizando a sus vecinos y repartiéndose sus tierras solucionaron su particular crisis económica en un “plis plas”. Sin embargo, en el resto de las ciudades griegas la mayoría de la población siguió sin saber si comería mañana, sujeta además a la impunidad legislativa y judicial de los oligarcas.

La situación era ideal para que la masa depauperada se arrojase en los brazos del primer salvador que apareciese por la puerta prometiendo dar de comer al hambriento, y eso es lo que ocurrió. En muchas ciudades del mundo griego surgieron entonces los tiranos. Los nuevos ídolos del pueblo solían compartir algunas características: pertenecían al estamento que querían derrocar (la aristocracia) y antes de su ascenso al poder contaban ya con una enorme popularidad, ya fuera por haberse proclamado vencedores en alguna competición de las Olimpiadas (todo un orgullo para la ciudad) o por haber demostrado su valía como generales. Además solían destacar por erigirse como defensores de los que no tenían voz y por lanzar furibundos ataques contra la oligarquía. De esta manera, llegado el momento daban un golpe de estado con el apoyo de las masas y se hacían con los amos del cotarro.

Así es como lo veía Aristóteles: «El tirano sale del pueblo y de la masa contra los notables, para que el pueblo no sufra ninguna injusticia por parte de aquellos. Se ve claro por los hechos: casi la mayoría de los tiranos, por así decir, han surgido de demagogos que se han ganado la confianza calumniando a los notables». (Política, V, 10, 3-5)

Un ejemplo paradigmático es el de Pisístrato de Atenas. Este aristócrata, miembro de una de las mejores familias de la ciudad, se había hecho muy popular gracias a su brillante actuación como estratego (general) en la guerra contra Megara. De hecho, participó en la toma de la isla de Salamina, donde poco después se fundó una cleruquía (un asentamiento con reparto de tierras) con atenienses de las capas más humildes. Estas victorias, sin embargo, apenas consiguieron paliar la crisis económica y social que arrastraba la ciudad desde hacía décadas. Aprovechando su popularidad, Pisístrato se puso al frente del llamado partido de la Montaña. Este no era una formación política, sino un grupo más o menos cohesionado que representaba los intereses de los jornaleros y los pastores, o sea, de los que menos tenían. Con su apoyo y después de tres intentonas, Pisístrato logró finalmente hacerse definitivamente con el poder. El caso es que cuando el tirano logró convertirse en quien partía el bacalao se esforzó por contentar a la masa de desarrapados que le había llevado hasta donde estaba. Es lógico, pues necesitaba un apoyo para mantener a raya cualquier revuelta aristocrática. Y es que la tiranía fue siempre el régimen antagónico a la oligarquía, al menos, hasta la extensión de la democracia. Es así que Pisístrato facilitó préstamos baratos para que los pequeños agricultores pudiesen cultivar sus tierras y puede incluso que hiciese repartos de tierras. Además nombró a jueces para que impartieran justicia en las diferentes demarcaciones territoriales, arrebatando así a la nobleza el privilegio de controlar los tribunales. Además promovió el artesanado y emprendió una política de obras públicas que dío trabajo y, por tanto, de comer a muchos de los que, por carecer de tierras, no tenían sustento alguno. Los templos, los acueductos y los caminos que construyó dieron además prestigio a Atenas lo que revirtió en un aumento de la popularidad de Pisístrato, cosa a la que contribuyó también una inteligente política exterior que aumentó la influencia de la ciudad más allá de sus fronteras. Así Pisístrato logró afianzarse de tal modo en el poder que, cuando la palmó, sus hijos pudieron heredar el puesto sin ninguna oposición.

Pero ahora que lo pienso, se me ocurre que la época actual casi se parece más a la Roma tardorrepublicana. En principio, en la caput mundi jamás hubo tiranos, aunque sí tuvo unas cuantas dictaduras. No obstante, este era un cargo perfectamente legal que nada tenía que ver con lo que hoy entendemos bajo dicho término. En momentos de especial peligro para la República, el Senado nombraba a un dictador durante 6 meses el cual concentraba todos los poderes del Estado a fin de restablecer el orden y/o movilizar todos los recursos de la ciudad contra una amenaza exterior.

Sin embargo, aunque en Roma nunca hubiera gobernado un déspota, la oligarquía siempre estuvo dispuesta a acusar a cualquiera que buscase un cambio sociopolítico de aspirar convertirse en rex (rey), término equivalente a tirano en el imaginario romano. De hecho, la nobleza que pululaba a orillas del Tíber sufría un miedo paranoico a que, en un descuido, uno de sus miembros lograra convertirse en el amo y señor de la ciudad. Es por ello que el sistema político romano estaba pensado para evitar a toda costa la concentración de poder en una persona. Casi todos los cargos eran anuales y colegiados; es decir, tenían una duración de 12 meses y los compartían al mismo tiempo varias personas. De esta manera, siempre había dos cónsules, dos pretores (luego llegaron a ser 8), dos tribunos de la plebe (más tarde serían 10), etc … Además, aunque cada vez se fue cumpliendo menos, la ley establecía periodos mínimos de hasta una década para revalidar un cargo o para acceder al siguiente en la escala de poder.

La otra característica del diseño del sistema político romano era su capacidad para mantener alejada de la toma de las decisiones a la mayor parte de la población sin negarle nunca, en teoría, su voz a ningún ciudadano. Por ejemplo, aunque en ningún lado lo ponía, tradicionalmente el Senado era quién tomaba en exclusiva las decisiones en política exterior y política fiscal, además de tener poder legislativo en todos los ámbitos. Como todos los cargos eran anuales, la Curia, como también se la denomina, era la única institución permanente entre los poderes del Estado y por lo tanto, al final, era quien marcaba las políticas a medio y largo plazo.¿Y cómo se convertía uno en senador? Pues hacía falta haber desempeñado antes un cargo público y que el censor te considerase apto para entrar a formar parte de la asamblea. Cualquiera podía presentarse a las elecciones, pero las magistraturas no estaban remuneradas, el candidato se tenía que gastar una pasta gansa en la campaña electoral y debía contar además con un grupo importante de seguidores (clientes) que lo apoyasen con sus votos y su entusiasmo. Ello hacía que solo alguien rico procedente de una familia de reconocido prestigio social pudiese hacer política. Pero incluso esto tampoco bastaba. El sistema electoral para la designación de los cargos más importantes (cónsul y pretor), los llamados comicios por centurias, hacía que el voto de aquellos que tenían más dinero prácticamente bastase para proclamar ganador a un candidato. Así que que si querías desarrollar una carrera política e ir desempeñando cargos de cada vez mayor responsabilidad, no solo tenías que formar parte de la élite dominante, sino también necesitabas llevarte bien con ella.

El sistema, con algunas correcciones durante el llamado conflicto patricio-pebleyo, funcionó de maravilla para la oligarquía dominante hasta que se inició la llamada crisis de la República. El punto de comienzo fue, según la mayoría conservadora de los historiadores grecorromanos el 133 a. C. Ese año Tiberio Sempronio Graco se convirtió en tribuno de la plebe, un cargo bastante extraño que por sus amplísimos poderes resulta un exotismo dentro de la historia de los sistemas políticos. No era, ni mucho menos, el puesto de mayor importancia en el Estado. Sin embargo, un tribuno podía paralizar cualquier iniciativa política, desde unas elecciones a una propuesta de ley, con solo pronunciar la palabra “veto”. Por si esto fuera poco, podía presentar decretos a votación ante el pueblo, cosa además que hacía en los comicios por tribus, un sistema de circunscripción electoral que por su carácter territorial era mucho más democrático que los censitarios comicios por centurias. Pues bien, por esa época, Roma, que ya era prácticamente la única potencia del Mediterráneo, tenía un problema grave: el pequeño campesinado, tradicional sostén de la República, como lo son las clases medias en nuestras democracias, estaba desapareciendo. Los pequeños propietarios, que eran quienes formaban el ejército, tenían que servir como soldados en lugares cada vez más perdidos de la mano de la civilización (la meseta castellana, por ejemplo) y cada vez por más tiempo, dejando abandonados sus campos. Así que si lograban sobrevivir a las batallas contra celtíberos, macedonios o cartagineses, volvían a casa solo para constatar que estaban en la ruina. Y si no era así, pronto se iban a ver obligados a vender sus terrenos, incapaces de competir con los grandes latifundios que se habían venido formando en la Italia del siglo II a. C. Esto, además de ser un problema social, era un problema militar, pues las legiones se reclutaban entre los ciudadanos capaces de pagarse su propio equipamiento. Cuanto más crecía el número de pobres, más disminuía el número de conscriptos que el Estado podía movilizar y esto sí era preocupante para los grandes beneficiarios de las conquistas: la élite que controlaba el poder (los senadores) y el grupo de ricachones que siempre aspiraba a formar parte de ella (los equites).

Pero Tiberio tenía la solución al problema: repartir tierras públicas entre los desposeídos. El problema es que, durante siglos, la oligarquía había ocupado ilegalmente los terrenos del Estado y no estaba dispuesta a devolver lo robado, pese a que Tiberio proponía que restituyeran solo una parte y además indemnizándoles de paso. La nobilitas hizo todo lo posible para bloquear el proyecto, acusó a Tiberio de querer convertirse en rex (es decir, tirano) y le amenazó con procesarle en cuanto dejase de ser tribuno, pero como el joven político contaba con el apoyo del pueblo, nada pudieron conseguir. Así que un día, mientras la asamblea del pueblo votaba la reelección de Tiberio como tribuno, los senadores se presentaron en el Foro y, ciscándose en toda la tradición y el cuerpo legislativo romanos, lincharon a Tiberio en medio de la multitud y tiraron su cadáver al río Tíber. El asunto parecía resuelto, pero como en los éxitos superventas de Holywood, 10 años más tarde llegó la segunda parte: la venganza. Cayo Sempronio Graco, hermano de Tiberio, se presentó a las elecciones para tribunos de la plebe y, como no podía ser de otro modo ganó. Más listo y precavido, supo sacar adelante en los comicios por tribus toda una serie de decretos para atraerse más simpatías y blindar todo un conjunto de reformas sociales que tenían como núcleo la propuesta de reparto de tierras públicas. Su sagacidad le permitió mantener en jaque al Senado durante casi tres años, hasta que este volvío a ciscarse en la tradición legislativa romana, le declaró enemigo público y ordenó su ejecución y la de sus principales partidarios. La nobilitas podía pensar que por fin la pesadilla populista se había terminado, pero no fue el caso.

El problema de la llamada proletarización del campesinado quedó sin resolver y, pese a su fracaso, los Graco habían demostrado que la masa antisenatorial era una formidable arma política. De esta manera, en las décadas siguiente personajes como Mario, Sulpicio o Clodio basarían su poder en sus ataques contra la oligarquía y en su popularidad entre la ciudadanía. Poco a poco el Senado empezó a perder el control de la situación. El conflicto se extendió a los aliados “italianos” que pese formar más de la mitad del ejército romano, mantenían un estatus de sometidos y deseaban, por ello, la ciudadanía romana. Vino una guerra con ellos, que Roma solo pudo ganar concediendo la ciudadanía a los que depusieran las armas. Luego vino una guerra civil en la que Sila, paladín de los conservadores, violó una y otra vez la legalidad romana para vencer y exterminar a los partidarios de Mario, caudillo del populismo de la época. Finalmente, Sila se proclamaría dictador durante casi 3 años, para, con plenos poderes, reformar el Estado contra la tradición romana y blindar el control de la élite dominante.

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Lucio Cornelio Sila, dictator legibus scribundis et rei publicae constituendae. En castellano: dictador para hacer lo que me salga de los mismísimos hue…

Lo curioso es que 40 años después, uno de los políticos más inteligentes de Roma construiría su carrera política en base a su popularidad, para después, tomando como ejemplo precisamente a Sila y también con una guerra civil mediante, proclamarse dictador. Hablamos de Julio César, al que también acusaron de querer ser rex. Parece improbable que fuese tan estúpido como para pretender portar la diadema real, pero lo que está claro es que se proclamó dictador perpetuo, tras dar tierras, trabajo y alimento a los que nada tenían.

Comparar Atenas y Roma resulta siempre forzado, pero Pisístrato y Julio César tienen bastantes puntos en común: uno de ellos es el evidente populismo de ambos personajes, el otro es la palmaria estupidez de las oligarquías a las que se enfrentaron, cuyo inmovilismo autosatisfecho sembró el camino al poder de estos dos tiranos. La falta de cintura del “establishment” de la época y su negativa a ceder alguna potestad y un poco de riqueza a los desfavorecidos fue lo que llevó a las élites a perder el monopolio de poder que disfrutaban. A partir de ahora sus miembros tendrían que hacerle la pelota al tirano de turno si querían conseguir un puestito en la administración. Esa misma cortedad de miras es la que se dibuja en las llamadas “democracias occidentales”, donde las élites han dejado de prestarle atención a las clases medias y bajas, dejando un espacio libre que ahora empieza a ocupar el ultraderechismo 2.0. Ahora bien, si los tiranos grecorromanos se preocuparon de ganarse la voluntad de la población con reformas sociales, la mayoría de los partidos “populistas de derechas” (con excepción quizás del Front National) esconden una agenda neoliberal que solo va a beneficiar al que ya tiene dinero. Increíblemente están convenciendo a las clases bajas y medias de la sociedad ofreciendo solo palabrería demagógica, xenofobia y el orgullo de ser políticamente incorrectos. A griegos y romanos los compraron con pan. A nosotros nos están comprando con humo y odio, lo que no dice nada bueno del cociente intelectual de la época que nos ha tocado vivir.

Pero lo verdaderamente interesante de todo esto es qué ocurrió después. En Atenas, el último heredero de Pisístrato acabaría siendo expulsado y la ciudad se convertiría entonces en la primera democracia de la historia (que sí, que vale, pesado, que las mujeres no tenían derecho a voto y había esclavos). En Roma, el asesinato de Julio César dio paso a un largo periodo de guerras civiles que se saldaría con la proclamación nunca oficialmente proclamada del primer emperador romano, Octavio Augusto, al que seguirían 5 siglos de monarcas absolutistas ¿Es eso acaso lo que nos espera a largo plazo: la disyuntiva entre una sucesión de tiranías (así se podría entender el Imperio Romano) y una verdadera democracia? ¡Hagan sus apuestas! Rien ne va plus!

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2 comentarios en “Pisístrato en la Casa Blanca

  1. azzathoth

    Mi abuelo siempre decia que el egoismo es la gran debilidad de la humanidad como especie.
    Si mal no recuerdo, somos un grupo de monos sociables.
    Pero ya pasamos el estado de manada, ya estamos en una sola manada global, mas o menos.
    Hay otro escenario que aunque no creo que pase a corto ni medio ni largo plazo, a muy largo plazo es posible.
    Algun quemado decide crear una nueva especie antropomorfa “intraterrestre” para solventar algunas debilidades. Y el conflicto empieza casi desde el segundo 0

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