El rex nemorensis: rey, sacerdote, sicario y esclavo

A lo largo de la historia ha habido miriadas de trabajos de mierda. Se me ocurre ahora el de palpati, quien, según cuenta la leyenda, era el encargado en la Edad Media de comprobar por medio del tacto que el Papa recién elegido poseía testículos, no fuera que una mujer disfrazada se nos fuera a sentar sacrílegamente en el trono de San Pedro. O más real y mucho peor aún está el de soldado soviético en Stalingrado, cuya vida media tras pisar el campo de batalla no superaba las 24 horas. Pero muy pocos oficios, si es que hubo alguno, debieron de ser tan angustiosos, estresantes y propensos a la psicosis más desquiciada como el de rex nemorensis.

A unos 25 kilómetros al sur de Roma se encuentra el idílico lago de Nemi, bautizado por los poetas latinos speculum Dianae, el espejo de Diana, porque en sus aguas se refleja la Luna, astro que se identificaba con esta divinidad. Por sus orillas se extiende un frondoso bosque en el que hace dos milenios se hallaba un santuario dedicado a Diana Nemorensis, la Diana del bosque. Se trataba de un lugar de culto antiquísimo que estaba en funcionamiento desde época arcaica, cuando las ciudades del Lacio eran independientes y Roma no era más que un puñado de puebluchos asquerosos a orillas del Tíber. Es probable que se remontase a tiempos tan pretéritos como la Edad de Bronce o incluso antes. En cualquier caso, para el cambio de Era, la memoria del origen de este culto se había perdido en el tiempo. El santuario había sido un lugar sagrado común para todas las urbes del Lacio, por lo que había tenido una notable relevancia política en la región como elemento étnico unificador y siempre había estado bajo jurisdicción de Aricia (hoy Ariccia), una ciudad cercana que fue anexionada por Roma en el siglo IV a. C.

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Vista del lago de Nemi en la actualidad.

En un principio el santuario de la Diana Nemorensis (o Nemoralis, según Marcial u Ovidio) posiblemente no fuera más que un claro en el bosque. Con el tiempo, se levantaría un templo, que entre finales del siglo II y principios del I a. C (es decir, en época romana) sufrió una importante remodelación, alcanzando notables proporciones. Situado cerca de la vía Apia, debía de ser un lugar bastante concurrido. Sin duda, muchos de los viajeros que se dirigían a Roma hacían una parada en este lugar sagrado. Sobre todo lo visitaban cazadores (Diana era la diosa de la montería) y mujeres embarazadas (A pesar de ser una deidad virgen, la hermana de Apolo velaba por que las madres tuvieran partos felices. Cosas raras de los romanos). Ahora bien, pese a su añejo renombre, en época romana, el santuario nunca pudo hacerle sombra al templo dedicado a Diana en el Aventino. Y, sin embargo, su fama ha pervivido hasta hoy debido a un estremecedor aspecto de su culto: el sacerdote de la Diana Nemorensis siempre era el asesino de su predecesor.

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La Diana de Versalles. Copia romana del siglo I o II d. C. de una estatua helenística del siglo IV a. C. que representa a la diosa Artemisa (la Diana de los romanos)

Las breves menciones al santuario que se conservan revelan que para los propios autores grecorromanos el ritual sucesorio del templo resultaba tan atávico como enigmático. El sacerdocio de la Diana de Nemi estaba vetado a los hombres libres. Solo un esclavo fugado podía convertirse en rex nemorensis (“rey del bosque”, como rezaba su título oficial) y para ello, como hemos dicho, debía matar a quien ostentaba el cargo. Para un siervo huido, llegar hasta el santuario era en sí mismo todo un reto. Si tenías la suerte de despistar a los guardianes y a los perros de tu amo, lo primero que debías hacer era encontrar la manera de quitarte el aro de hierro que solían llevar los esclavos alrededor del cuello, donde tu dueño había escrito su nombre, rogando a cualquiera que te encontrase que le restituyera su propiedad. Luego tenías que sobrevivir, alimentarte de lo que encontrases en el bosque o de lo que robases en las granjas y dormir al raso. Si te escapabas en invierno, el frío iba a ser tu principal problema. Te convenía evitar los caminos y los centros poblados, pues algún vecino de tu amo podía reconocerte o algún viajero que no le hiciese ascos a las recompensas podía descubrir tu condición. Además corrías el peligro de que te asaltase un grupo de bandoleros. Lo mejor era viajar solo de noche, guiándote por las estrellas.

Si al cabo de unos días, quién sabe si semanas, lograbas divisar a lo lejos entre los árboles el templo de Diana, podías considerar que habías tenido suerte. Y, sin embargo, lo más difícil, puede que lo peor, estaba aún por llegar. Dentro del recinto del santuario, había un árbol sagrado que ningún hombre libre podía tocar. Debías dirigirte hacia él y partir una de sus ramas. Desde ese momento te convertías en aspirante a rex nemorensis: acababas de retar al combate al sacerdote. Quizás él te llevaba observando desde que entraste al santuario y ya te esperaba con la espada en la mano. O quizás no. Puede que estuviese durmiendo o distraído y pudieses sorprenderle y acabar con él. De las palabras del geógrafo griego Estrabón se desprende que el rex nemorensis tenía que estar preparado para defenderse en todo momento, es decir, podían atacarle de improviso. Sin embargo, otras fuentes, como Pausanias, hablan de un combate singular, lo que sugiere un enfrentamiento más ritualizado. En cualquier caso, sería raro que el sacerdote de la Diana del bosque no estuviese alerta día y noche, vigilando quién entraba en el santuario. No se sabe si la costumbre preveía ofrecer un arma al aspirante o si tenía que haberla robado por el camino.

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Collar de hierro de un esclavo de época del Bajo Imperio. En la inscripción dice: “Me he escapado. Atrápame. Llévame a mi amo, Zonino, y recibirás un sólido (una moneda de oro)”.

Como esclavo fugado ahora solo tenías una cosa a tu favor: la desesperación. Ya no te podías volver atrás. El derecho romano no consideraba al siervo una mera persona sin libertad, sino un instrumentum vocale, literalmente una “herramienta que hablaba”, por lo que su estatuto jurídico era muy similar al que tiene hoy un móvil o un televisor. Por eso, tu propietario podía hacer contigo lo que quisiese, y cuando un amo atrapaba a un siervo huido, si no lo mataba a golpes, lo crucificaba o lo mutilaba, le daba una paliza, le rompía una pierna o le marcaba con un hierro incandescente las iniciales FUG de fugitivus en la frente para que nunca se le volviese a ocurrir intentarlo. Eso era lo que te esperaba si ahora te echabas atrás. Lo único que te podía salvar era olvidar el hambre, la sed y el cansancio, bajar la cabeza y lanzarte contra el sacerdote. Quizás supieses luchar o simplemente tuvieses suerte y consiguieras coserle a puñaladas para convertirte en el nuevo rey del bosque. O tal vez no y todo esto solo había servido para acabar muriendo con las tripas en la arena a los pies de un árbol sagrado.

Pero si después de todo con tus últimas fuerzas lo lograbas, no hacía más que empezar otro calvario, una tortura mucho más sutil y desquiciante: nunca jamás volverías a cerrar los ojos sin temer despertar con la garganta cortada. Estrabón (V, 3, 12) nos cuenta que el rex nemorensis siempre se paseaba por el bosque “armado con una espada, a la espera de ataques a su alrededor, listo para defenderse”. Y es que cualquier ruido (el sonido de una bellota al caer, el chasquido de una rama rota… esa rama) podía ser lo último que escuchases. Debías permanecer alerta día y noche, en invierno y en verano, preparado siempre para combatir, y debías vencer uno tras otro a los rivales que llegaran, sin importar cuántos, sin importar cuándo. Y aunque consiguieses superar la ansiedad, el miedo, la paranoia y la falta de sueño durante años o décadas, antes o después te darías cuenta de lo que siempre habías sospechado: cuanto más tiempo pasara, más próximo estaría el día en que llegaría el sicario fugado que te matase. Las primeras canas en las sienes serían el anuncio de que tu final estaba cerca. Caer enfermo sería tu sentencia de muerte A veces además la mala suerte podía conjurarse en tu contra. Cuando al emperador Calígula, que era un cachondo, le contaron que el rex nemorensis llevaba mucho tiempo en el cargo, no se le ocurrió otra cosa que enviar a un forzudo para que le retara. El historiador Suetonio, pese a ser un chismorrero, no nos cuenta el desenlace del combate. No hace falta.

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Denario (moneda de plata) acuñado en el 43 a. C. El anverso muestra la efigie de la Diana Nemorensis. En el reverso se ha representado a las diosas Diana, Hécate y Selene (Luna), identificadas como una misma divinidad. De hecho, Horacio llamó a Diana “diosa triforme”.

Griegos y romanos mostraron siempre repugnancia hacia los sacrificios humanos, tildándolos de ritos propios de bárbaros. En el caso de los romanos esta aversión resulta especialmente llamativa, si tenemos en cuenta que habían convertido los juegos gladiatorios (cuyo origen era precisamente religioso) en una gigantesca industria del entretenimiento. Por eso, en las escasísimas ocasiones en las que se recurrió a estas prácticas, los historiadores clásicos se apresuraron a decir que se trataba de ritos extranjeros, aceptados excepcionalmente, a regañadientes, por motivos estrictamente devocionales. Así, en el caso de la Diana Nemorensis, Estrabón y Pausanias nos dicen que en realidad se trataba del culto a la Artemisa Taúrica que había sido traído a Aricia en época mitológica por Hipólito, según el primero, u Orestes, según el segundo. Artemisa es la equivalente griega a Diana y la Táuride o Tauris era lo que hoy se conoce como la península de Crimea. Supuestamente los escitas, pueblo que habitaba la actual Ucrania, sacrificaban a Artemisa a todo extranjero que apareciese en sus playas (Ya es mala leche sobrevivir a un naufragio solo para que te corten el cuello en un altar). Lucano y Ovidio también se unieron a esta interpretación, refiriéndose a la diosa de Nemi, como Diana escita.

El sangriento ritual del duelo a muerte entre el esclavo fugado y el rex nemorensis se siguió celebrando periódica e ininterrumpidamente durante la República y el Imperio romanos, hasta que con la expansión del Cristianismo el santuario fue abandonado. Los lugareños se llevaron los mármoles que cubrían el edificio para decorar sus casas, y la vegetación y la desmemoria se fueron tragando el resto. El templo y el ritual del rex nemorensis cayeron en el olvido y así hubieran permanecido para siempre, sobreviviendo como mucho en forma de nota a pie de página en algún articulo académico, si a un escocés bastante “desasborío” no le hubiera llamado la atención este extraño ritual. James George Frazer era un profesor de universidad interesado por la magia y la mitología comparada que un día, a finales del siglo XIX, decidió escribir un articulito sobre el rex nemorensis. Pensaba que necesitaría un par de días o, como mucho, unas cuantas semanas para investigar y plasmar en el papel las ideas sobre el poder y la religión que le sugerían las particularidades de la Diana de Nemi, pero al final acabó dedicando más de 30 años de su vida a redactar los trece tomos que componen La rama dorada (resumidos en la edición más popular a uno solo). La obra ha pasado a la historia como uno de los títulos más importantes e influyentes de la Antropología social. Hasta hoy, pese a las justificadas críticas, sigue siendo uno de los grandes clásicos de la Etnología y su relevancia se ha hecho notar más allá del campo de las ciencias sociales. De hecho, sus páginas, que desbordan al lector con miles y miles de ejemplos etnográficos de mitos y rituales insospechados de culturas de todo el mundo, influyeron en pensadores y literatos tan dispares como Robert Graves, Yeats, Freud, Jung, Wittgenstein, Hemingway o Lovecraft. Es más, la próxima vez que vean Apocalypse Now, fíjense bien: entre los libros que hay en la guarida del coronel Kurtz también está La rama dorada. Al fin y al cabo, el primer capítulo de la obra relata el final (el horror) que le aguarda al rex nemorensis escondido en su templo, a la orilla del agua, en las profundidades de un bosque, que esta vez, extrañamente, está ubicado en las selvas de Camboya.

P.D: Una última frivolidad totalmente prescindible. No sé a ustedes pero a mí la historia del rex nemorensis me parece la metáfora más adecuada para resumir el funcionamiento de nuestras democracias desde la Caída del Muro. Desaparecidas las ideologías, el sumo sacerdote del templo (presidente o primer ministro) sabe, acepta y trata de demorar la llegada del aspirante (normalmente solo hay uno con verdaderas posibilidades, normalmente es más joven) que un día lo derrocará en el simbólico combate singular de las urnas y lo matará políticamente (un expresidente no suele recuperarse de una derrota electoral). Hasta entonces seguirá realizando los rituales que exige su cargo (ritos que no ha elegido, sino que ha heredado; ritos que jamás pondrá en duda), dedicando todo su interés y toda su creatividad a desconfiar de aquel que se atreva a pisar su santuario y quebrar la rama del árbol sagrado anunciando el cambio, que en el fondo, si uno se fija bien, nunca es de ideas.

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Un comentario en “El rex nemorensis: rey, sacerdote, sicario y esclavo

  1. Pingback: Diego Ricol: Roma, imperio y poder – Diego Ricol

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