La desquiciada revolución de los anabaptistas de Münster de 1534

En el siglo XVI, muchas cosas separaban a las cuatro Iglesias en las que se acababa de dividir la Cristiandad en Occidente, pero, por encima de todo, había algo en lo que coincidían: católicos, calvinistas, luteranos y anglicanos odiaban a muerte a los anabaptistas. Estos eran un movimiento religioso menor, es decir, sin respaldo político, entre los muchos que habían nacido con el ánimo de reformar la Iglesia y reinstalar el “verdadero” cristianismo” desde que Martín Lutero se rebelara contra el Papa en 1519. En un mundo tan sacralizado como el de entonces, los revolucionarios textos de este monje agustino, distribuidos profusamente gracias a la imprenta, crearon un volcánico clima de ebullición teológica en Europa occidental entre 1520 y 1540 que tardaría muchas décadas y muchas guerras en apaciguarse. Por todas partes aparecieron pensadores, teólogos y líderes religiosos que proponían su particular interpretación de la Biblia y, con ello, de cómo se debía organizar la sociedad. Algunos, como Calvino o Lutero, tuvieron éxito gracias a que supieron entenderse con los poderes políticos. Otros, como Miguel Servet o Thomas Müntzer, pagaron con la vida su osadía a manos de los calvinistas y los luteranos respectivamente.

Los anabaptistas eran entonces solo un grupo más entre todas las comunidades con una idea particular sobre cuál era la “verdadera” doctrina de Cristo. Pero, ¿porqué todos los detestaban? ¿Qué habían hecho estos pobres chicos para concitar tanto odio? Pues, primero de todo, considerar que Lutero y Zuinglio se habían quedado muy cortos en su reformismo. Ellos aspiraban a más. Querían transformar completamente la sociedad reintroduciendo lo que creían que era el cristianismo primitivo. Ello, a la postre, suponía poner en tela de juicio todos los poderes tradicionales, tanto eclesiásticos como civiles. Su revolución religiosa era pues también una revolución social y política, por lo que cualquiera investido con algún tipo de autoridad legal los consideraba enemigos acérrimos. El nombre que ostentaban se debía a que rechazaban el bautismo infantil. Los anabaptistas consideraban que la renuncia al diablo y la profesión de fe en Cristo debían ser un acto consciente y voluntario y, por tanto, este solo tenía validez si lo realizaba un adulto. De ahí que los que abrazaban esta nueva fe tuviesen que “rebautizarse” (“ana-“, de nuevo; “baptista”, el que bautiza). Para defender esta postura contaban con un argumento teológico realmente bueno: el Nuevo Testamento. Ahí podemos leer que cuando San Juan bautizó a Cristo, este ya tenía unos añitos. Ahora bien, no debemos olvidar que en la Europa del siglo XVI había unas horrorosas tasas de mortalidad infantil, por lo que la mayoría de la población interpretaba que, al negarles este sacramento a los niños, los anabaptistas, con una crueldad infinita, estaban condenando a miles de bebés inocentes a las llamas eternas del Infierno por un quítame allá estas pajas teológicas.

Existían diferentes grupos de “rebautizadores” con distintas concepciones, pero en lo que siempre coincidían era en chocar con el orden político y social imperante. Las comunidades del sur de Alemania, por ejemplo, tenían a bien disolver los matrimonios y casar a los cónyuges con otras personas, y los anabaptistas suizos se negaban a tomar las armas cuando sus señores se lo ordenaban, arguyendo el quinto mandamiento. No es de extrañar entonces que, pese a la recíproca inquina que se tenían, católicos y luteranos se pusieran de acuerdo en 1529 en la Dieta de Spira en que había que matarlos a todos (Así, sin medias tintas).

Los Países Bajos fueron otro de los focos importantes del movimiento rebautizador. Aquí uno de sus principales líderes era un tal Jan Matthys. Este panadero de Haarlem muy pronto destacó por el radicalismo de sus prédicas y por su decidida actividad proselitista, que le llevó a crear una comunidad bastante numerosa. En noviembre de 1533 consiguió ganar para la nueva fe a un neerlandés que sería conocido como Jan van Leiden, un sastre que había trabajado en Flandes e Inglaterra y que, como mercader, había recorrido Europa desde Lisboa a Lübeck. Su entrega a la causa anabaptista y su don de gentes le llevarían a convertirse en la mano derecha de Matthys.

Matthys
Jan Matthys

Gran parte del éxito de los anabaptistas holandeses se debía, como decíamos, a las doctrinas apocalípticas que predicaba su líder, muy en consonancia con el espíritu milenarista de la época, y a la febril actividad apostólica de la comunidad, cuya vehemente labor evangelizadora venía espoleada por la certeza de que el Mundo vivía sus últimos días. Y es que Matthys estaba convencido del inminente regreso de Cristo a la Tierra, hasta tal punto que había profetizado que tan glorioso acontecimiento acaecería ni más ni menos que durante la Pascua de 1534 ––Sí, también era profeta––. Quedaba menos de un año para salvar el mayor número posible de almas, así que había que darse prisa. Cabe resaltar el coraje de nuestro panadero-profeta, que no se había dejado arredrar por el triste sino de otro famoso anabaptista: Melchor Hoffman. Este peletero iluminado por la Buena Nueva rebautizadora había predicado por la zona de Estrasburgo, presentándose como el profeta Elías, y había vaticinado el Fin del Mundo para el año 1533. Inesperadamente Hoffman se había equivocado estrepitosamente en sus cálculos oraculares y aunque sus adeptos no cejaron en escrutar minuciosamente el cielo tratando de vislumbrar a los cuatro jinetes del Apocalipsis, el año pasó sin que pasara nada. Así que, viendo el alboroto que estaba armando Hoffman y que a Cristo seguía sin vérsele el pelo, las autoridades de Estrasburgo decidieron tachar al elocuente peletero de peligroso charlatán y encerrarle en un calabozo donde moriría 10 años después.

Ahora bien, Matthys interpretó el sonoro fracaso del Hoffman como la confirmación más fetén de que su fecha era la buena. Había que ponerse manos a la obra, porque el Apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina, así que se dedicó a enviar emisarios por todos los contornos en busca de la ciudad adecuada para fundar la Nueva Jerusalén, reunir al mayor número posible de justos y preparar como se merecía el inminente regreso de Cristo. Sus discípulos pronto le informaron de que habían encontrado la urbe ideal: Münster. Esta enclave del noroeste alemán situado a pocos kilómetros de los Países Bajos era una ciudad-estado independiente gobernada tradicionalmente por un obispo. Sin embargo, la reforma protestante había calado en profundidad entre sus 7000 habitantes, hasta el punto de que habían expulsado al prelado y lo habían sustituido por un burgomaestre y un consejo de ciudadanos. Así estaban las cosas cuando se presentaron en Münster los emisarios de Matthys, entre los que se encontraba Jan van Leiden. El carácter milenarista del luteranismo en boga en la ciudad les facilitó mucho la tarea. Nada más llegar, Jan van Leiden se puso a predicar anunciando el inminente Juicio Final vaticinado por el profeta Enoc (así se hacía llamar ahora Matthys) y no tardó en ganar a cerca de 1500 neófitos para la causa anabaptista. Semejante éxito apostólico, convenció a Matthys de que sería allí donde Cristo descendería de los cielos, así que se trasladó de inmediato a Münster con el objetivo de montar lo antes posible la Nueva Jerusalén. Algunos fieles de la ciudad ya aseguraban haber visto a un caballero con una espada en la mano galopando entre las nubes a lomos de un corcel blanco ¿Que más señales hacían falta?

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Jan van Leiden

Pero había alguien que no estaba nada contento. El señor obispo, en un evidente ejercicio de lo que en Psicología se conoce como mecanismo de negación, no acababa de creerse que no le quisieran ver ni en pintura en Münster y andaba reuniendo un ejército de mercenarios, que ya se estaba apostando en las cercanías, con el que pretendía convencer a los vecinos de la ciudad de la conveniencia de volver al redil de la doctrina de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana. La noticia había inquietado a un buen número de católicos, confesión que seguía siendo legal en Münster, y luteranos, que habían decidido poner pies en polvorosa antes de que las tropas episcopales se lanzaran a su labor reevangelizadora armados con los imbatibles argumentos teológicos de la espada, la pica y el arcabuz. Ello, unido al clima de miedo, a la psicodelia religiosa que se estaba apoderando de Münster y a la inquebrantable voluntad de resistencia que mostraban los recién llegados, explica que las elecciones del 23 de febrero de 1534 dieran el gobierno de la localidad a los anabaptistas. El nuevo profeta se puso entonces al frente de la ciudad para purificarla, por fin, de sus vicios. Ayudado por Jan van Leiden, organizó una tropa de fieles que asaltaron las iglesias, destruyeron las imágenes religiosas, pisotearon las reliquias y profanaron los sepulcros de los obispos. Después, armados con alabardas y picas, visitaron cada casa de la ciudad para advertir a los católicos y los luteranos de que Dios no tendría piedad con los herejes. Unos cuantos abandonaron acoj…, digo, atermorizados la ciudad, pero más de 2000 vecinos aceptaron ser rebautizados en la plaza del Mercado.

A partir de entonces, bajo los proféticos dictados de Matthys, la vida en Münster cambió definitivamente. Ahora todos los ciudadanos tenían que llevar una chapa de cobre colgada del cuello con las letras “DWWF”. Se trataba de las iniciales de “Das Wort ward Fleisch”, la traducción al alemán de la famosa frase del Evangelio de san Juan: “El Verbo se hizo carne.” Asimismo quedaba prohibido cerrar las puertas de las casas, porque en el Apocalipsis de san Juan se dice que en la Nueva Jerusalén estarán abiertas día y noche (Parece que allí no tendrán gatos). Además se abolió el dinero, pues, a imitación de los primeros cristianos, ningún ciudadano de Münster debía poseer más que otro. Todos se vieron obligados entregar el oro, la plata y las monedas que poseían, para que la comunidad pudiese comprar comida y, sobre todo, armas. Y es que el obispo ya había iniciado los trabajos de asedio de la ciudad. Finalmente Matthys quemó públicamente todos los recibos de deudas, los libros de contabilidad, los contratos, los certificados de propiedad y las sentencias judiciales. Era una revolución social sin precedentes, mucho más ambiciosa que cualquiera de los experimentos anarquistas, comunistas o socialistas que por entonces estaban aún por venir.

Muchos vecinos estaban entusiasmados. Por fin se cumplía de verdad la doctrina de Cristo. Pero es que además -¡Oh, alegría en los corazones!- en apenas unas semanas el propio Mesías iba a descender de los cielos en su ciudad para castigar a los malvados y los pecadores y elevarlos a ellos a la felicidad de la gloria eterna de Dios. De ahí que se pusieran como locos a escribir cartas a sus familiares y amigos apremiándoles a acudir de inmediato a Münster y compartir el salvífico destino de los elegidos antes de que fuese demasiado tarde. Cerca de 2000 personas vinieron a la ciudad, aliviadas de haberla alcanzado antes de que se desatase el Fin del Mundo.

Pero, hasta la llegada de la Pascua, en Münster había preocupaciones más urgentes que los 7 sellos, las 7 trompetas y los genocidios divinos en masa. El señor obispo tenía ya firmemente asediada la ciudad, aunque la falta de efectivos le impedía mantener un cerco hermético. Los anabaptistas organizaron un cuerpo de guardia que vigilaba día y noche los movimientos de los mercenarios y, con los restos de las estatuas de las iglesias y las lápidas de los sepulcros, se reforzaron los muros de defensa. Matthys impuso una férrea disciplina que no toleraba críticas. Un hombre que se atrevió a decirle que tenía el diablo en el cuerpo fue ejecutado inmediatamente.

Sin embargo, pese a las preocupaciones, la moral de la ciudad era alta y, según pasaban los días, el ambiente se volvía cada vez más festivo. El Viernes Santo los ciudadanos recorrieron las calles de Münster cantando y celebrando el inminente regreso de Cristo. Ya quedaba muy poco: solo dos días y Dios vendría a castigar al obispo y a sus tropas e instalaría un eterno reino de la felicidad, en el que no existirían ni el hambre, ni la enfermedad, ni el miedo, ni la muerte, y en el que los bienaventurados, los justos, los que habían creído sin ver, los habitantes de la única ciudad libre de pecado y de vicio sobre la faz de la Tierra disfrutarían para siempre de la gloriosa presencia del Altísimo. ¿Qué más se podía pedir?

Y llegó, por fin, el Domingo de Resurrección. Los ciudadanos de Münster miraban impacientes hacia arriba, tratando de descubrir por qué esquina se abrirían los cielos. Matthys reunió a todos y, ante una multitud embriagada por el éxtasis religioso, predicó que él era el nuevo Gedeón (¿Pero no era Enoc?), el juez del Antiguo Testamento que había dirigido al ejército de los israelitas y derrotado a los enemigos del Pueblo Elegido. Al terminar su discurso, salió de la ciudad por una de sus puertas acompañado por un pequeño grupo de fieles entre cánticos de salmos y oraciones, y sorprendentemente se encaminó directo hacia las líneas enemigas. ¿Por qué lo hizo? ¿De verdad se creía un profeta invencible? ¿O acaso empezaba a dudar, al ver que el día había llegado, pero no se divisaba señal alguna del Apocalipsis? ¿Quería obligar a Dios a intervenir y salvarle? ¿O quizás finalmente le asaltó la certeza de que, en realidad, él no era más que otro Melchor Hoffman y tuvo miedo de revelarse como un farsante y un megalómano desequilibrado y ridículo ante aquellos que le reverenciaban como a un enviado de Cristo? Nunca lo sabremos. En cualquier caso, los mercenarios del obispo no tuvieron dificultades para acabar con el pequeño y mal armado grupo de anabaptistas. Ante la mirada incrédula de los ciudadanos de Münster, que contemplaban la escena desde los muros de la ciudad, uno de los soldados atravesó con su lanza a Matthys. Luego le cortó la cabeza, la clavó en una pica y la colocó delante de la ciudad, para que todos los que habían creído en él pudieran ver lo que quedaba de su profeta.

Al caer la tarde los vecinos de Münster se sentían desolados. El mensajero de Dios estaba muerto y el Mesías no había venido a rescatarlos. La profecía era mentira y ahora Münster era una ciudad desorientada, absurda y asediada, sin líder, sin esperanza y sin razón alguna para la rebelión mas que la ingenuidad engañada o la estupidez palmaria de sus habitantes. En estas circunstancias, la conclusión era evidente. Su profeta no había sido más que un panadero desquiciado con aires de grandeza que los había embaucado y ellos eran unos imbéciles que se habían creído sus cuentos sobre el Pueblo Elegido –Manda narices confundir Jerusalén con Münster–. Después de esta escalofriante bofetada de realidad, solo les quedaba intentar llegar a un acuerdo con el obispo, mostrarse arrepentidos, echarle la culpa de todo al trilero de Matthys y rezar por que no los pasaran a cuchillo. Esa era la conclusión racional, pero, aunque nos esforcemos en negarlo, la lógica no suele estar entre las prioridades del ser humano. Cuando la vanidad nos ha llevado a creernos únicos y superiores o la realidad nos resulta demasiado insoportable, estamos dispuestos a cualquier cosa antes que aceptar lo que es obvio.

Esa misma noche Jan van Leiden se presentó ante la devastada asamblea de ciudadanos y les dijo que una semana antes Dios le había revelado a través de una visión la inminente muerte de Matthys (¡Qué callado se lo tenía!). El profeta-panadero había cumplido su tarea y la voluntad del Señor era que él se convirtiera en su sucesor. No mencionó ninguna nueva fecha sobre la venida del Reino de Cristo, pero encomendó a los ciudadanos la tarea de salvar tantas almas como fuese posible, porque la cosa era inminente. Aunque parezca increíble, al final de su discurso los anabaptistas estaban convencidos de que efectivamente Dios había elegido como nuevo profeta a Jan van Leiden. La esperanza volvió y los transportó a un nuevo éxtasis místico. La multitud entusiasmada empezó a recorrer las calles de la ciudad cantando y lanzando alabanzas al Cielo. Algunos exhibían sus espadas, proclamando que Dios se las había entregado para castigar las injusticias. En resumen, tras unas horas de angustiosa lucidez, los vecinos de Münster volvían a estar como cencerros.

Poco después Jan van Leiden designaba a 12 hombres como “jueces de las tribus de Israel”. Este organismo, que sustituía al consejo de la ciudad y al burgomaestre, redactó un nuevo código penal en consonancia con las Sagradas Escrituras. A partir de ahora la blasfemia, así como la avaricia y la envidia en los casos más graves, serían castigadas con la pena de muerte. La modestia se convertía en ley. Los jueces establecieron cuántas prendas de vestir podía poseer cada persona. Cualquier adorno quedada prohibido. Los ropajes de los ricos fueron confiscados para entregárselos a los pobres.

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“Jan van Leiden bautizando a una muchacha”, cuadro de Johann Karl Bähr de 1840

Aunque el prometido Fin del Mundo no había llegado, bajo el liderazgo de Jan van Leiden el clima de la ciudad se volvió aún más apocalíptico, si cabe. El nuevo profeta enviaba continuamente emisarios, que burlaban el aún precario cerco, para hacer propaganda, adquirir víveres y atraer a más “santos” que ayudasen en la defensa de la ciudad. Viendo la situación, a mediados de mayo de 1534, el obispo decidió lanzar el primer ataque. Durante cuatro días los cañones bombardearon Münster, pero la moral de los sitiados, dirigidos por su sastre-profeta, permaneció inquebrantable. Por la noche las mujeres reparaban los daños en los muros defensivos. Las tropas episcopales se lanzaron entonces al asalto, pero fueron rechazadas dejando más de cien muertos.

Jan van Leiden aprovechó el optimismo desatado por esta victoria para tomar una decisión que convocaría las iras de la propaganda antianabaptista en los años siguientes. A fin de reintroducir las costumbres del Antiguo Testamento, el sastre-profeta estableció por decreto la poligamia en la ciudad. Él mismo predicó con el ejemplo y, además de casarse con la viuda de su predecesor, a lo largo de los meses siguientes contrajo matrimonio con otras 15 mujeres. La medida no respondía solo a motivos religiosos. Desde el triunfo del luteranismo en la ciudad, habían sido muchos los hombres que habían huido. Eso sí, a menudo dejaban a sus esposas en Münster para que cuidasen de sus propiedades, no fuera a ser que alguien las robara mientras ellos trataban de ponerse heroicamente a salvo. Ello explica que ahora hubiese más de 5000 mujeres, pero solo 2000 varones. A partir de este momento, los hombres debían casarse con tantas feligresas como fuese posible y todas las muchachas en edad núbil debían aceptar al primer solicitante. Incluso niñas de 11 años fueron obligadas a contraer matrimonio. La decisión provocó importantes tensiones. Para muchos la poligamia resultaba simplemente inmoral. Había padres que se negaban a entregar a sus hijas al primero que pasaba y no faltaron las mujeres que decidieron huir antes que ser obligadas a casarse. Para acallar las protestas Jan van Leiden no dudó en recurrir a las ejecuciones.

En julio de 1534 un grupo de 150 conjurados decidió que las locuras del nuevo profeta habían llegado demasiado lejos. Una noche asaltaron el ayuntamiento, lo saquearon y tomaron prisionero a Jan van Leiden, pero los que todavía creían en el Evangelio anabaptista eran muchos más y los rebeldes fueron derrotados. 47 de ellos pagaron su rebelión con la vida.

Un peligro mayor que las conspiraciones eran los mercenarios que asediaban la ciudad. El obispo había conseguido reunir un ejército de 8000 soldados con el que el 31 de agosto realizó otro intento. Las tropas episcopales atacaron simultáneamente las seis puertas de la ciudad, pero fueron rechazadas; un nuevo triunfo anabaptista que el sastre-profeta aprovechó para dar un paso más hacia el disparate. Durante una asamblea, un orfebre tomó la palabra para anunciar que Dios le había comunicado que Jan van Leiden debía ser coronado rey. Él contestó que prefería convertirse en porquero, pero que era su deber aceptar la voluntad divina. De esta manera, en una ceremonia fastuosa el sastre fue ungido monarca de una ciudad de alucinados rodeada de mercenarios dispuestos a matarlos a todos.

Jan van Leiden se apresuró en rodearse del boato propio de su nueva dignidad. Se instaló en una mansión de la plaza de la Catedral, a la que bautizó “Monte Sion”, mientras sus 16 esposas se trasladaban a un edificio colindante. Ante sus súbditos solía presentarse montado a caballo sobre una silla con espuelas de oro, provisto de un cetro y una corona, y envuelto en lujosos ropajes. Su corte la componían 150 sirvientes y presidía los servicios religiosos sentado en un trono flanqueado por dos muchachos que portaban una Biblia y una espada. En las plazas se ofrecían banquetes en los que participaban los súbditos, vestidos con ropajes sencillos como ordenaba la ley de la ciudad, lo que resaltaba aún más las joyas y los fastuosos atuendos que portaban el rey y sus esposas.

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Jan van Leiden decapitando a su esposa Elisabeth Wantscherer

La escena podría resultar cómica, si la situación no fuera tan trágica. El escándalo que provocaba en toda Alemania la poligamia y toda la corte anabaptista de Münster desató las iras del mismísimo Lutero. Los príncipes alemanes no podían seguir tolerando al rey profeta y sastre. A principios de 1535 católicos y luteranos se pusieron de acuerdo en acabar con la capital de los anabaptistas y ofrecieron al obispo cofinanciar el asedio. Este ya había ordenado la construcción de nuevas fortificaciones y pronto la ciudad quedó definitivamente aislada del exterior. El hambre apareció en Münster y si antes sus ciudadanos se tenían que contentar con un poco de pan y algo de cerveza, la necesidad los llevaba ahora a tener que comerse los caballos, los gatos y, finalmente las ratas. El rey, sin embargo, seguía reservándose los manjares más exquisitos. Para levantar la moral de la ciudad, organizó banquetes acompañados por música alegre un entretenimiento antes rechazado por inmoral instando a sus súbditos a bailar. En realidad, era una danza de la muerte en la que una multitud de andrajosos trataba de acompasar sus movimientos al son de las notas, una muchedumbre de famélicos que, sin embargo, bailaban felices, al saberse los elegidos, ya que pronto, muy pronto, dentro de unos meses, quizás unas semanas no estaba claro, los cielos se abrirían y el Salvador, en toda su gloria, vendría a rescatarlos, acogiéndolos en el eterno Reino de Dios como recompensa a tanta fe y a tantas penurias como estaban sufriendo por culpa de los herejes.

Sin embargo, los encendidos sermones religiosos, la danza y la música no bastaban para acallar el hambre. Aquí y allá algunos comenzaron a albergar dudas. Incluso una de sus mujeres osó criticar la megalomanía del monarca. En estos casos al rey no le temblaba la mano. La esposa lenguaraz y desobediente fue decapitada en la plaza del Mercado. Jan van Leiden pisoteó su cadáver con furia a modo de escarmiento para los incrédulos.

Pero ni la disciplina más severa ni ninguna profecía podía evitar lo que la lógica llevaba presagiando desde hacía tiempo con el acierto que le suele ser habitual. El último acto de esta tragedia se vivió la noche del 25 de junio de 1535. Unos traidores, cansados del hambre y de los desvaríos de su rey sibarita y apocalíptico, revelaron al ejército del obispo el punto débil de las defensas de la ciudad. A los mercenarios no les costó asaltar los muros y entrar en Münster. Había llegado la hora de la venganza. El obispo no tuvo piedad, solo ira. Los soldados sacaban a rastras a los vecinos de sus casas para degollarlos en las calles. Las plazas, los callejones y las encrucijadas se llenaron de sangre y de cadáveres. La masacre duró tres días. A Jan van Leiden y a dos de sus hombres de confianza les esperaba un destino más perverso. Fueron juzgados y sentenciados. Seis meses más tarde en la plaza del Mercado de Münster un verdugo amarró a los tres condenados a unos postes. Durante horas se dedicó a arrancarles la carne de los huesos con unas tenazas incandescentes. Luego les cortó la lengua y finalmente les clavó una daga al rojo vivo en el corazón.

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Ejecución de Jan van Leiden

Así acabó su suplicio. Jan van Leiden había vivido 26 años. Los tres cadáveres permanecieron décadas expuestos públicamente dentro de unas jaulas colgadas de la torre de la iglesia de San Lamberto. Ese fue el epílogo de esta desquiciada revolución. Los anabaptistas nunca más volvieron a recurrir a la violencia, abrazando para siempre el pacifismo. Hoy perviven cerca de un millón y medio de menonitas en el mundo.

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Las tres jaulas en las que se expusieron los cadáveres de Jan van Leiden y sus dos compañeros de tortura todavía se pueden ver en la iglesia de San Lamberto de Münster

 

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4 comentarios en “La desquiciada revolución de los anabaptistas de Münster de 1534

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