1861: la República Dominicana vuelve a ser territorio español. El loco siglo XIX dominicano

En la película Inception, entre inmersión e inmersión en los mundos oníricos del prójimo, en medio de un diálogo Leonardo di Caprio le pregunta a otro personaje: “¿Cuál es el parásito más resistente?” Se trata de una cuestión retórica que se autorresponde de inmediato antes de que alguien le quite la palabra: “Una idea. Resistente. Altamente contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla.” Lo que suena a sabiduría barata new age, es en realidad una constante que ha asomado a menudo a lo largo de la historia. Cuando una idea, por muy absurda que sea, consigue instalarse en una sociedad, no solo cuesta Dios y ayuda erradicarla, sino que además se vuelve epidémica. Ejemplos hay muchos: la expansión del fascismo en la Europa de los años 20 y 30, la rebelión de los anabaptistas de Münster o la teoría de los humores son buena prueba de ello. Es lo que los alemanes llaman Zeitgeist, el “espíritu de los tiempos”. Un fenómeno de estas características es lo que se vivió en la República Dominicana en el siglo XIX. En algún momento, en buena parte de las élites políticas, económicas y militares del país se ancló firmemente una convicción que se expandió como una infección agresiva. Se trataba de una idea muy sencilla, casi rudimentaria, quizás por eso tuvo tanto éxito: “Nunca seremos capaces de resolver nuestros propios problemas. Necesitamos a alguien que lo haga por nosotros“

Parece una frasecita inocente, pero durante décadas estuvo pululando por las cabezas pensantes dominicanas y llevó al país a dar giros absolutamente inesperados. ¿De dónde venía? Difícil decirlo, pero, sin duda, buena parte se debió al accidentado proceso de independencia que vivió el país. Y es que, para empezar, el territorio que hoy conforma la República Dominicana, aunque durante cerca de 300 años había sido una colonia española, inició el siglo XIX como territorio francés. Sí, sí, han leído bien: francés. Así lo dictó la Paz de Basilea (1795), firmada por la corona española con la República francesa tras su derrota en la Guerra del Rosellón. Posiblemente esa fuera la razón por la que en 1808, cuando las tropas napoleónicas invadieron España con la anuencia de la incapacidad mental de los borbones (menudas piezas Carlos IV y Fernando VII), la entonces colonia gala reaccionara de forma totalmente distinta a buena parte de los territorios españoles de ultramar. Se produjo una insurrección, sí, pero no para proclamar la independencia, sino para echar a los franceses y reinstaurar el dominio español, cosa que consiguieron en 1809. Se iniciaba entonces el periodo conocido como “España Boba”. La metrópoli, enfrascada en su propia guerra de independencia contra las tropas napoleónicas, no podía ocuparse de los territorios de ultramar, así que el gobierno colonial instalado en Santo Domingo empezó a actuar de manera autónoma, eso sí, manteniendo de iure su fidelidad a España.

Así continuaron las cosas también después de que en 1814 los españoles se librasen definitivamente de la ocupación napoleónica. La metrópoli, sin flota de guerra tras la derrota de Trafalgar, arruinada por la Guerra de la Independencia, ocupada en la creación de un ejército y enfrascada en intentar sofocar con unos medios escasos los movimientos insurreccionales en América, poca atención le pudo dedicar al territorio dominicano. Como hemos visto, tampoco le hacía mucha falta, pero esto cambió hacia 1820. Alrededor de ese año, la élite criolla que dirigía la colonia, ante el retroceso que estaba sufriendo la metrópoli en las colonias americanas, el peligro que se empezaba a dibujar de una intervención haitiana e influida también por el entusiasmo independentista de la época, empezó a plantearse la posibilidad de mandar a Madrid a tomar viento y tomar las riendas del país. Fue dicho y hecho: el 1 de diciembre de 1821 los secesionistas dominicanos, liderados por el escritor y político José Núñez de Cáceres, tomaron la fortaleza de Santo Domingo y proclamaron la independencia. La verdad es que sorprende que durante años la mayor parte de los dominicanos se hubiesen mantenido leales al rey Fernando VII (a partes iguales estúpido, ambicioso y canalla) y a su Estado absolutista y se rebelaran ahora que en España había triunfado una revolución liberal (desde 1820) que había impuesto una constitución (la de Cádiz de 1812), cuyo espíritu democratizante (dentro de los límites de la época) no tenía igual en el páramo absolutista imperante en la Europa de entonces. También es verdad que los dominicanos lo mismo pensaron que si los españoles eran tan idiotas como para mantener como jefe de Estado al mismo rey felón que en los años anteriores se había dedicado fusilar a todo aquel que se atreviese a pronunciar la palabra constitución, es que no eran de fiar. De hecho, Fernando VII, desde su privilegiado puesto, no pararía de conspirar hasta lograr en 1823 derrocar a los liberales españoles y reinstaurar el absolutismo, pero esa es otra historia.

Mapa colonial de la isla de Santo Domingo

El caso es que la independencia dominicana se impuso con escasa resistencia, aunque fue bastante peculiar, ya que el mismo día que los nuevos padres de la patria se autodeterminaban y promulgaban su constitución recién redactada, izaban en el país la bandera de la Gran Colombia. De hecho, se mandó a un emisario a Simón Bolívar para informarle de la de la nueva situación. Eso de proclamar la independencia para unirte a otro país suena un poco raruno y demuestra que la idea de que “nosotros solos no podemos” ya debía estar rondando las mentes dominicanas. No obstante, también hay que decir que el proyecto revolucionario de libertades que proponía Simón Bolívar era muy seductor. Otra cosa es que acabase como acabó.

Todo parecía muy bonito entonces, pero esta primera y curiosa independencia a medias de los dominicanos, llena de sueños de fraternidad , constitucionalismo y algún que otro masón con delantal, duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y es que enseguida entró en juego una peculiaridad que la República Dominicana mantiene hasta el día de hoy y esta no es otra que la de compartir islita con otro Estado: Haití. De hecho, la excolonia francesa había sido el segundo territorio americano, después de EE. UU., en alcanzar la independencia y tenía a sus espaldas dos décadas de soberanía nacional ganada con sangre, sudor (un montón de sudor, no olvidemos que estamos en el Caribe) y lágrimas en una guerra de guerrillas que había expulsado a las tropas galas del territorio haitiano y que había estado salpimentada con una masacre a la población blanca.

Quizás fuese el perenne resquemor que preocupaba a los haitianos de que los franceses regresasen para reimplantar el esclavismo utilizando la parte oeste de la isla como cabeza de puente o tal vez se debiese a la grandilocuencia expansiva que las élites de Puerto Príncipe habían adoptado (Jean-Jaques Dessalines, líder de la independencia haitiana, se había hecho proclamar ni más ni menos que emperador, ahí es nada). Pudiera ser también que anduviesen algo confundidos pues José Núñez de Cáceres había proclamado la independencia de lo que hoy es la República Dominicana bajo el nombre oficial de Estado Independiente del Haití Español. El caso es que el 9 de febrero de 1822, dos meses después de que se viese ondear la bandera de la Gran Colombia en Santo Domingo, las tropas de Pierre Boyer, presidente de Haití, invadían la parte oeste de la isla, se la anexionaban y daban por terminada una independencia que había durado un suspiro.

Como siempre ocurre con los que te vienen a librar de la opresión, el gobierno de Haití no tardó en pasar la factura a los dominicanos por la “libertad” generosamente regalada. Es verdad que la ocupación contó, al menos al principio, con la simpatía de la población negra (alrededor de un tercio del total), pues Boyer abolió la esclavitud. Los primeros y efímeros libertadores de 1821, no lo habían hecho. Se ve que se les habían traspapelado los derechos de sus compatriotas con más melanina en la piel a la hora de redactar la constitución. Sin embargo, más allá de esta decisión la población local, empezó a comprobar que las intenciones haitianas no eran tan desinteresadas. Una nueva oligarquía francoparlante se instaló en la cúspide de la pirámide social. Asimismo, frente al tradicional predominio de la agricultura y la ganadería en la economía del país, una élite de comerciantes de productos agrícolas de alto rendimiento como el azúcar o el tabaco se hacía ahora con el cotarro y, para pertenecer a ella, -¡Fíjate tu qué casualidad!- había que ser haitiano… o extranjero. Sobre el papel todos eran iguales ante la ley, pero -¡Oh, qué sorpresa!- en la vida diaria unos lo eran más que otros y todos ellos venían de la misma parte de la isla de la Española. Además, el francés pasó a sustituir al español en la burocracia y en la vida pública y la eliminación de los derechos y las rentas de la Iglesia en un territorio que continuaba siendo ferviente católico no contribuyó precisamente a atraer las simpatías hacia los libertadores de Puerto Príncipe.

Las autoridades haitianas siempre tuvieron dificultades para ejercer un verdadero control más allá de Santo Domingo y algunas grandes localidades, pero no fue hasta casi 20 años después que el dominio de Puerto Príncipe se empezó a tambalear. En 1838 el dirigente liberal, Juan Pablo Duarte, fundó un grupo clandestino llamado La Trinitaria. Su propósito era trabajar por la independencia dominicana, ya fuera colocando a sus miembros en cargos públicos (En 1842 Duarte se convirtió en oficial de alto rango de la Guardia Nacional), promoviendo el ansia de libertad mediante campañas propagandísticas o recurriendo a contactos secretos con fuerzas afines. Los trinitarios vieron llegar su momento a principios de la década de los 40, época en la que Haití empezó a sufrir una crisis económica a la que se unió una grave inestabilidad política. Pero entonces entró en juego un nuevo grupo: los conservadores. Representaban los intereses de los hateros, esto es, los terratenientes ganaderos que tradicionalmente habían controlado los hilos en el país, y hasta ahora habían evitado la oposición para mantener el poder que les quedaba. Sin embargo, ante la crisis que vivía Puerto Príncipe, decidieron pasar a la acción y luchar contra el yugo haitiano, pero no para proclamar la independencia, no señor, sino para convertirse en un protectorado de una potencia extranjera. Y es que consideraban que solo un Estado poderoso de alguna costa del Atlántico podía garantizar la estabilidad de una futura República Dominicana, evitarle nuevas invasiones de la más rica y diez veces más poblada Haití y, sobre todo, velar por los intereses económicos y los títulos de propiedad de los terratenientes. La costumbre de luchar por la soberanía nacional para luego regalársela a alguien que vivía a miles de kilómetros del país, se empezaba a convertir en un vicio. Y es que la idea del “nosotros solo no podemos” ya había anidado definitivamente en las élites dominicanas y, a partir de ahora, se iba a ir extendiendo como una pandemia.

En un principio, trinitarios y conservadores se aliaron para combatir la ocupación haitiana, pero muy pronto estos últimos comenzaron a trabajar en su propia hoja de ruta. En 1843, mientras el gobierno de Haití enviaba tropas a la parte oeste del país para acabar con el movimiento independentista, un dirigente conservador, Buenaventura Báez, un rico comerciante de Azúa al que vamos a ver aparecer en este relato repetidas veces, inició contactos con el cónsul general de Francia en Puerto Príncipe, André Lavasseur. Las negociaciones fueron rápidas y pronto se concretaron en un plan muy concreto. Francia prestaría ayuda militar a Santo Domingo para que lograra su independencia. Después los dominicanos se olvidarían de inmediato de ella, pasarían a convertirse en un protectorado bajo el mando de un gobernador galo, cederían la península de Samaná a París y ayudarían a Francia a invadir Haití. Como empresarios, los conservadores quizás fueran unos genios, pero como héroes libertadores eran un sarcasmo con patas. Eso sí, sinceridad no les faltaba. El 1 de enero de 1944 lanzaron un manifiesto en el que llamaban a luchar por la independencia… para entregársela a los franceses.

Juan Pablo Duarte
Se opuso siempre a la tontuna de los protectorados y lo pagó con tres exilios. Murió en Venezuela en 1876.

Asustados ante el peligro de que la revolución dominicana se convirtiese en un mero compadreo en el que se cambiaba un amo por otro, los trinitarios decidieron reaccionar. Eran ellos quienes tenían que conseguir la independencia y lo tenían que hacer ya. Duarte, que perseguido por las autoridades haitianas se encontraba en el exilio, ordenó cortar los contactos con los conservadores, y los trinitarios dentro del país se reorganizaron e iniciaron los preparativos para un golpe de mano definitivo. El 27 de febrero se produjo un levantamiento al que se unieron varios contingentes de soldados. Los funcionarios haitianos huyeron y las tropas enviadas por Puerto Príncipe fueron derrotadas. Los trinitarios habían logrado la independencia. Había nacido la República Dominicana.

Uno podría pensar que, con la victoria del pronunciamiento, la ocurrencia de Báez iría directa al basurero de la historia, pero no señor. Paradójicamente la independencia no hizo más que incidir aún más en la sed de dependencia de buena parte de la oligarquía local. Los conservadores estaban ahora más empeñados que nunca en entregar la soberanía nacional al primer tipo con pasaporte extranjero con el que se cruzaran por la calle y la aparición en escena de un nuevo líder nacional no hizo más que reforzar este dislate. Hablamos de Pedro Santana, general al frente de la denominada Armada Expedicionaria de la Frontera Sur y auténtico factótum en las décadas venideras. Su padre había participado en la guerra contra los franceses allá por 1808, llegando a cortarle la cabeza al cadáver del gobernador galo para portarla como trofeo hasta Santo Domingo. Santana, sin embargo, no había heredado nada de esa animadversión hacia los gabachos y así muy pronto se alineó con los conservadores y su Plan Lavasseur, sin importarle si con ello traicionaba aquella escatológica gesta que su progenitor seguro que había narrado con todo lujo de detalles en más de una comida de Navidad. Así, en julio de 1844, Santana se presentó en Santo Domingo con sus tropas y se hizo proclamar jefe de la Junta Gobernativa creada tras la independencia. Después procedió a expulsar del país a todos los trinitarios que habían luchado por la independencia y en noviembre de ese mismo año se convirtió en el primer presidente constitucional de la República Dominicana.

Santana era un tipo ambicioso, que contaba con el respaldo de las élites y el ejército y no dudaba en fusilar al primero que le levantase un pero . De hecho su primera intención al dar el golpe de Estado había sido proclamarse dictador, pero el cónsul francés en Santo Domingo le había convencido de que era mejor revestirse de apariencias más legales. También era alguien con firmes convicciones y estas consistían, como hemos dicho, en regalar la soberanía lo antes posible a Francia. Así pronto retomaron los contactos con París para establecer un protectorado, pero en la corte francesa no andaban tan convencidos de los manejos de sus diplomáticos en Haití y en Santo Domingo. Y es que plantarse, de pronto, en la República Dominicana, con la cesión de por vida de la península de Samaná (El paquete-oferta siempre era el mismo) iba a despertar los recelos de todas las potencias interesadas en la zona. Suponía enemistarse con Estados Unidos, que con la doctrina Monroe había dejado clarinete que América era para los (norte)americanos. Implicaba también cabrear a la gran potencia militar y económica del momento, el Reino Unido, nada partidaria de cualquier éxito de absolutamente nadie que no fuera británico. Por último, iba a provocar el enfado de España, que, si bien era un problema menor, podía llevar a que Madrid se aliara con Londres, lo que era un problema mayor. Además Francia estaba empecinada en que los dominicanos les pagasen parte de las deudas que Haití mantenía con París, cosa de la que en Santo Domingo evidentemente no querían saber nada. De esta manera , pese a los denodados esfuerzos de Santana y su banda de mariachis conservadores por vender la patria a los franceses, lo más que se logró fue firmar un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación en 1848.

El general Pedro Santana

Un tipo con un ideario político claro: “Yo soy el jefe, pero si viene alguien de fuera… “

Esto se podía ver como un fracaso o como un primer paso hacia el nobilísimo objetivo de malvender la soberanía nacional a cualquier forastero de acento exótico . También se podía ver como un peligro, y así es como lo percibió el gobierno de Haití, que seguía temiendo que la República Dominicana se convirtiese en una cabeza de puente para una invasión. Por eso, el gobierno de Puerto Príncipe lanzó una nueva ofensiva para conquistar a su vecino. Por entonces Santana había abandonado el poder. El nuevo presidente dominicano era Manuel Jiménez cuyo mandato marcó un radical cambio de rumbo en la política exterior. Alentado probablemente por el espíritu patriótico que había desatado la ofensiva haitiana, comprendió en seguida que los planes de anexión a Francia eran un humillante desvarío. Hacía falta un giro de 180 grados en la estrategia diplomática a fin de salvaguardar el honor de la república. Así que ni corto ni perezoso se dirigió al señor Robert Hernan Schomburgk, por entonces cónsul británico en Santo Domingo, y le ofreció la posibilidad de que la República Dominicana se convirtiese en un protectorado de Londres. Tan heroica hazaña, sin embargo, no se vio coronada por el éxito. Los británicos no tenían interés en plantarse en República Dominicana y temían ser blanco de las iras de Estados Unidos. Todo lo que se consiguió fue la firma de un tratado de amistad, comercio y navegación con el Reino Unido en 1850 como el que ya existía con Francia.

Para entonces la República Dominicana había logrado solita y sin ayuda -¿De verdad que ellos solos no podían?- derrotar a las tropas haitianas en dos batallas consecutivas y alejar así el peligro de la invasión. También se habían producido importantes cambios políticos en el país. Ante la incapacidad de Jiménez para hacer frente a la amenaza haitiana, el parlamento había solicitado a Santana que se pusiera al frente del ejército. La decisión no pudo ser más acertada, pues como hemos dicho, el general logró expulsar al invasor. El problema es que a este hombre le perdía la afición por el poder. Así que tras derrotar al enemigo haitiano, dirigió a sus tropas hacia la capital y dio un nuevo golpe de Estado. Para entonces ya era un político mucho más sutil que en sus primeros tiempos. De manera que tras ejercer unos meses como jefe supremo de la República, demostrando que era el amor a la patria lo que le movía y no unas locas ambiciones megalómanas, convocó elecciones y abandonó magnánimamente el poder.

Por fortuna, -¡Qué casualidad!-, los comicios los ganó el candidato que él había sugerido y este no era otro que Buenaventura Báez -¿Se acuerdan? El chico del Plan Lavasseur-, que accedía así a la primera línea del ruedo político y al que ya no se le iba a quitar nunca el gusto de repartir órdenes. Se podrán decir muchas cosas de Báez, pero lo que es innegable es se trataba de un alma inquieta que siempre destacó por su inagotable creatividad. De espíritu pionero e imaginativo dejó no pocos ejemplos de su brillante ingenio en un arte nada fácil como es el de sisar los dineros al prójimo. Y es que los desfalcos de este Da Vinci de la malversación de fondos públicos merecerían ser expuestos en los grandes museos de Arte como obras cumbre de la civilización occidental. Prodigiosa fue la estafa que pergeñó contra los productores de tabaco del valle del Cibao en su segunda presidencia en 1857. Ese año hubo una cosecha récord, coyuntura que la aguda mente de Báez supo aprovechar para llenarse indecentemente los bolsillos con un plan cuya sencillez revela una enorme elegancia en las cosas de afanar. El presidente creó una comisión que llenó a tutiplén de amigotes y hombres de paja, los cuales ofrecieron a los cultivadores comprar la cosecha a precios superiores al mercado. Para ello el gobierno emitió la horrorosa cantidad de 20 millones de pesos. Se trataba de moneda sin respaldo alguno, pero sirvió para adquirir el tabaco que después se vendió a compradores extranjeros. Ahora bien, estos pagaban en dólares, reales españoles y libras, es decir, en divisas extranjeras, por lo que Báez y sus amigos se enriquecieron con la inflación del 1000 % que la exorbitante emisión de pesos dominicanos provocó. Los productores de tabaco se arruinaron y el país sufrió una profunda crisis económica, pero, oye, Báez se hizo inmensamente rico; de eso iba el invento. Y esto es solo un ejemplo. Como jefe de Estado, nuestro avaricioso amigo llegó a vender no solo tierras y edificios públicos, sino incluso navíos de guerra, y su portentosa mente para los chanchullos llegó incluso a hipotecar el palacio presidencial. ¡Una maravilla!

Buenaventura Báez.
Con esos ojitos de pícaro, con esas pedazo de patillas, es que no te puedes enfadar con él.

Pero nos estamos desviando y adelantando acontecimientos. En 1949 accedía por primera vez a la presidencia y lo hacía con un programa propio. Porque sí, es verdad que le debía el cargo a Santana, pero Báez no era un mero títere del general. Ni mucho menos. El nuevo presidente de la República Dominicana tenía unos planes muy concretos para la nación y estos no podían estar más lejos de la despreciable costumbre que en los últimos años se había instalado entre las élites dominicanas de ir mendigando servidumbres por las cortes y parlamentos europeos. Es cierto que en el pasado él mismo había caído en tan despreciable vicio, pero había cambiado. Era un hombre nuevo y eso es algo de lo que podía atestiguar Benjamin Green, que desde 1849 ejercía de enviado especial de Washington en Santo Domingo. Y es que al poco de llegar a su puesto el nuevo mandatario le ofreció al diplomático estadounidense la cesión de la península de Samaná. La respuesta, al principio dubitativa, acabó siendo negativa. Los intereses de Estados Unidos en el Caribe se centraban en Cuba y, vista la debilidad dominicana y las tensiones entre esclavistas y no esclavistas en Estados Unidos, un protectorado en la República Dominicana se planteaba como una continua fuente de conflictos internos y externos para Washington. ¡Nada! ¡Que no había manera! En apenas unos años la totalidad del territorio africano se ganaría sin esfuerzo el “honor” de convertirse en colonia de algún Estado europeo, pero los en todas sus acepciones ímprobos esfuerzos de la pionera clase política dominica por terminar regentando una filial extranjera no paraban de sufrir los reveses del destino.

Las elecciones de 1853 supusieron un nuevo reparto de cartas, del que salió ganador y presidente el general Santana. Como gesto de buena voluntad amnistió a un buen número de exiliados políticos entre los que no se olvidó de olvidar a Juan Pablo Duarte, que vivía en Venezuela. Y es que el trinitario héroe de la independencia contra Haití se podía convertir en un problema para los planes que empezaban a anidar en la cabeza del glorioso general. El cartel de “Se vende protectorado” que parecía colgar en el palacio presidencial desde hacía años, había llamado finalmente la atención de Madrid y en diciembre de 1852 el gobierno español encargó al diplomático Mariano Torrente la redacción de un informe sobre la República Dominicana. Nada más llegar al país se entrevistó con Báez y con Santana y ambos -¡Oh, qué sorpresa!- le propusieron que Madrid estableciera un protectorado en la República Dominicana. Al percibir la buena disposición del diplomático español al ofrecimiento, el general, entonces presidente, mandó a un emisario a Cuba. El gobernador de la isla, se mostró dubitativo y es que la jugada iba a provocar las iras de EE. UU., Francia y el Reino Unido, y en esos momentos España no estaba en condiciones de aguantarle medio asalto en un pulso de pulgares a ninguno de esos países. De hecho, solo la desesperación del que no encuentra compradores puede explicar la oferta dominicana de ponerse bajo la protección de Madrid, pues la Madre Patria no andaba por entonces muy boyante ni de poderío ni de estabilidad ni de nada que no fuesen problemas. En lo que iba de siglo, 3 monarcas y dos dinastías habían pasado por el trono hispano. Se había ganado una brutal guerra de independencia frente a los franceses, pero se habían perdido casi todas las colonias en conflictos bélicos no menos costosos. Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran los últimos restos de saldo del otrora imperio en el que nunca se ponía el sol. Además, España había sufrido ya dos guerras civiles carlistas y una entre realistas y liberales. Para sazonar todo este quilombo con una buena dosis de lenguaje leguleyo, sin contar la Carta Magna de José Bonaparte, España iba ya por su cuarta constitución y andaba discutiendo la promulgación de una quinta, para la que al final no hubo acuerdo. Por si esto no fuera poco caos, cabe añadir que un gobierno que alcanzase los tres años de duración constituía una especie exótica en la Península Ibérica y raro era el año en el que no había alguna insurrección o algún pronunciamiento militar. España no estaba en condiciones de ofrecer mucha tranquilidad a Santo Domingo, pero salseo todo el que quisiese. Si los dominicanos volvían a unir su destino a Madrid podían estar seguros de que no se iban a aburrir.

A lo mejor era eso lo que animaba a Santana, que harto de las dudas del gobernador de Cuba, decidió enviar a un emisario plenipotenciario a Madrid para ofrecer el tan manido protectorado a su majestad Isabel II. Los españoles estudiaron la oferta, pero comprendieron que la situación internacional la hacía imposible. Eso sí, la idea no se descartaba, si se producía un cambio en el contexto político de las grandes potencias. Así, en 1855 los dos países firmaron un tratado de amistad y comercio. Para ir preparando el camino, Madrid concedió a los dominicanos que hubiesen tenido la nacionalidad española la posibilidad de recuperarla, algo que se extendía también a sus hijos. La firma del tratado le puso los pelos como escarpias al gobierno de Haití que se lanzó a un nuevo intento de conquista de la Republica Dominicana, pero una vez más, las tropas de Puerto Príncipe, comandadas por el emperador Faustin Soulouque, fueron derrotadas y expulsadas -¿De verdad, de verdad que no podían ellos solos?.

En medio de este barullo y con una creciente crisis económica de fondo, Buenaventura Báez aprovecho sus habilidades para la conspiración para volver a la presidencia en 1856. Como hemos visto, hacía tiempo que se había unido a la “opción española”, y sin duda trabajó abnegadamente en este sentido, pero no pudo avanzar mucho. Y es que otro asunto no menos importante como el de llenarse los bolsillos a manos llenas con la estafa del tabaco que antes comentamos le robó mucho tiempo y atenciones. Más aún cuando la quiebra económica en la que hundió al país, provocó una insurrección de una parte del ejército, que acabaría mandándole a un lujoso exilio en España.

Guerra civil, una crisis económica de caballo, Haití asomando la patita otra vez… la situación era desastrosa. Hacía falta un hombre fuerte que redirigiese el país y ¿quién sino Pedro Santana podía hacerse cargo de la tarea? Así en 1858 el viejo general encabezó generosamente su enésimo golpe de Estado y volvió a acomodar sus ambiciosas nalgas en el sillón presidencial. La situación económica era desesperada. En buena parte porque, nuestro amigo había decidido combatir la desmesurada inflación que habían provocado las emisiones de moneda sin respaldo de Báez con la acuñación de todavía más moneda sin respaldo y aún más inflación -¿Qué podía salir mal?-. Sin embargo, el general venía con un plan bajo el brazo. Adivinen cuál.

Digan lo que digan, la obstinación es una virtud, porque cuando te pones una meta, y crees en ti mismo, no importa cuantas veces te digan que no. Si después de cada fracaso, te vuelves a levantar, al final alcanzas tu objetivo. La prueba más evidente fue el tercer mandato presidencial de Santana, porque esta vez, después de tantos empeños y sacrificios, todo fue distinto -¡Alabado sean los dioses!-. Extrañamente, Madrid, pese a haber rechazado la posibilidad solo unos años antes, desde el principio expresó mucho interés por la nueva oferta de instalar un protectorado. Sin embargo, mientras el gobierno español estaba volviendo a considerar los pros y los contras, Santana, cuál vendedor de teletienda a altas horas de la madrugada, le soltó esa oferta 2×1 que acaba por convencer al comprador más renuente. De su puño y letra redactó una carta a Isabel II en la que ofrecía directamente la anexión. Y esta vez sí, los titánicos esfuerzos prolongados durante lustros por lograr de una vez mearse en las tumbas de los héroes de dos Independencias (la de España y la de Haití) se vieron coronados por el éxito.

¿Qué hizo cambiar de idea a Madrid? Pues fue el estallido de la Guerra de Secesión, que obligó a los estadounidenses a olvidarse de cualquier preocupación que no fuera matarse entre ellos. Por su parte, la Francia de Napoleón III trataba de lograr un acercamiento de España, a la que había logrado embaucar para que participase en la expedición gala en Indochina, que a París le serviría para montar una colonia en el Extremo Oriente y a Madrid no le serviría para absolutamente nada. En esta situación Londres se conformó con que la República Dominicana no acabase en manos francesas. Aunque el contexto internacional era el adecuado, el gobierno español no tenía ganas de meterse en un lío que acabase con nuevas guerras de la independencia en América, así que quería saber si los deseos de anexión eran unánimes en la República Dominicana. Santana, se ocupó de obtener el respaldo de los comandantes militares e incluso se dedicó a recoger firmas a favor de la reincorporación del país a la Madre Patria.

Finalmente, el gobierno hispano, presidido por O’Donnell, aceptó y el 18 de marzo de 1861 el general Santana anunciaba la anexión. 40 años después la Republica Dominicana volvía a ser territorio español. El acuerdo de unión establecía una serie de obligaciones para la metrópolis. En primer lugar España se comprometía a reconocer los cargos militares y civiles dominicanos e incorporarlos al Estado, lo que suponía una subida de sueldo. Además, para paliar la crisis económica, el gobierno central pondría en marcha un programa de obras públicas para reducir el desempleo y favorecer la economía. Asimismo no reimplantaría la esclavitud en la ahora provincia y se respetarían las decisiones tomadas por los gobiernos desde 1844. El nuevo territorio sería administrado por un capitán general y gobernador civil elegido por el gobierno español, cargo que inesperadamente -¿Quién se lo podía imaginar?- recayó en Pedro Santana, al que, de paso, nombraron Teniente General de Los Reales Ejércitos y Marqués de las Carreras -¿De caballos? ¿De galgos?-. Además, según el cónsul británico en Santo Domingo, para redondear, el viejo general y sus colaboradores cobraron una prima por fichar por el equipo España, en forma de un jugoso soborno.

Pedro Santana jurando el cargo de gobernador y capitán general de la provincia de Santo Domingo (Obra de Juan Francisco Cisneros Guerrero)

Se había alcanzado el sueño, al fin, el sueño de gran parte de las élites dominicanas, pero, como siempre que logras cumplir un deseo, cuando por fin lo tienes, te das cuenta de que la realidad es siempre más humilde que la imaginación. Y es que – ¡Oh, sorpresa!-, por muchas ganas que tuviesen los mandamases de vivir en una colonia, el resto de la población no estaba tan dispuesta. El deseo de anexión no era ni espontáneo ni unánime, problema que empezó a traducirse en insurrecciones en la nueva provincia ya en el propio año 1861. El nuevo capitán general y antiguo presidente de una república independiente decidió atajar las rebeliones con una ronda de fusilamientos bien cargada de sangre, pero la cosa se estaba poniendo cada vez más peluda. Y es que, para complicar un poquito más las cosas, los españoles no habían puesto en marcha el prometido programa de obras públicas, pese a haber aumentado la presión fiscal y lograr recaudar en 1862 el doble de impuestos que en 1860, ni habían iniciado el acordado canje de moneda dominicana por reales españoles. Por si esto fuera poco, la población empezaba a estar hasta el gorro del clero hispano, que además de estar sustituyendo al autóctono, no dejaba de dar la tabarra a la gente para que abandonase la extendida costumbre del amancebamiento y se casase. Todo ello, unido al problema básico de fondo de que a la mayoría de la población nunca le había hecho gracia alguna renunciar a la independencia, llevó a lo que tenía que llevar. Ante la agudización de los conflictos, ya a finales de 1862 Pedro Santana había dimitido como capitán general y gobernador civil -Moriría en 1864 en Santo Domingo-. Sin embargo, los problemas de verdad comenzaron en 1863. A partir de febrero de ese año fue creciendo una sublevación general contra el poder central, que utilizando Haití como santuario donde retirarse y reorganizarse, iba a lograr extender la guerra de guerrillas por todo el país. Los españoles y las tropas criollas tuvieron que replegarse a las ciudades y la República Dominicana se convirtió en un avispero al que cada vez había que dedicar más recursos y soldados. Así las cosas en Madrid empezaron a sospechar que la anexión a lo mejor no había sido una buena idea. Además los españoles tenían ahora que ocuparse de sus propios problemas, pues la balsa de tranquilidad que habían constituido los 6 años de gobierno de O’Donnell -Todo un récord para el XIX español- se habían terminado. En febrero de 1863 el general presentaba su dimisión como presidente del Consejo de Ministros y el país se lanzaba a una espiral de caos creciente que desembocaría en extravagantes y portentosas locuras. Si a esto le añadimos que en 1865 el Sur capitulaba en la Guerra de Secesión de EE. UU., dejando las manos libres a Washington para volver a mangonear con energías renovadas en el extranjero, la solución estaba clara.

El 1 de mayo de 1865 el gobierno de Madrid derogaba el decreto de anexión y, por segunda vez en la Historia se arriaba para siempre la bandera española en Santo Domingo. Terminaba así una deliciosa extravagancia que solo una extraña enfermedad mental de las élites locales podía explicar. Pero ahora sí. Un tratamiento de choque en forma de crisis económica, guerra de guerrillas y ocupación extranjera había curado por fin a los gerifaltes dominicanos de esa terrible epidemia, de ese virus que durante décadas había hecho que resonara en sus cabezas una maldita frase: “Nosotros solos no podemos”. Escarmentados de una vez, los grandes hombres de la política y la economía dominicanas jamás volverían a malvender al mejor postor la soberanía nacional. Nunca más se lanzarían a mendigar por los parlamentos de potencias extranjeras una deshonrosa e innoble ocupación del país… o pude que no.

Y es que en agosto de 1865, recién recuperadita la independencia, el general José María Cabral daba un golpe de Estado para colocar al frente del gobierno a su consuegro y este no era otro que nuestro queridísimo y tan añorado amigo Buenaventura Báez. Este se había pasado sus sufridos años exilio en la Península Ibérica embarcado en una desinteresada pugna propia no ya de un mártir, sino de un mesías. Porque Báez había considerado intolerable el proceso de anexión, ya que todo el pastel se lo había quedado Santana y a él no le habían dejado ni las migajas. Para remediar semejante injusticia, no dejó bota sin lamer en la corte madrileña hasta lograr que le nombraran mariscal del ejercito español, tras lo cual desplegó sus no pocas dotes conspirativas para conseguir que destituyeran Santana y le colocasen a él de gobernador. No pudo ser , pero la diosa Fortuna siempre tiene un gesto de cariño para aquellos que como Groucho Marx sostienen: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. De esta manera y consuegro mediante, en 1865 se convertía por tercera vez en presidente de la República Dominicana. Una nueva insurrección militar lo derrocaría al año siguiente pero en 1868 regresaría para quedarse, porque si la mala hierba nunca muere, Báez era capaz de sobrevivir a un holocausto nuclear. La situación económica del país era entonces desesperanzadora: a las consecuencias de los desfalcos de nuestro amigo hacía ya unos años, se habían añadido las repercusiones de la continua emisión de moneda sin respaldo y de una guerra de la independencia recién terminada. Pero no se preocupen que Báez venía con un plan bajo el brazo para resolver este desaguisado financiero. Por supuesto, el reciente conflicto con España, le había convencido lo inapropiado y, sobre todo, absurdo que sería solicitar protección a las cortes europeas. Porque, ¿para qué cruzar el Atlántico cuando la solución estaba ahí, a la vuelta de la esquina. o, mejor dicho, a la vuelta de Cuba? Así que nada más reinstalarse en el palacio presidencial, se puso manos a la obra y en menos que canta un gallo logró engatusar al presidente estadounidense Ulysses S. Grant para que mirara con buenos ojos la posibilidad de que la República Dominicana se convirtiera en territorio estadounidense. Les juro que es verdad. De hecho, Washington envió incluso un par de barcos de guerra a Santo Domingo para que los dominicanos fueran cogiéndole el gustillo a esa alegría vacilona que constituye ver banderas de barras y estrellas ondeando por ahí. Las negociaciones fueron rápidas y en septiembre de 1869, con los cadáveres de la última guerra de la independencia todavía recientes, el enviado estadounidense regresaba a Washington con un estupendo borrador del tratado de anexión: un milloncejo de dólares a cambio de que la República Dominicana perdiera una vez más su soberanía: una auténtica ganga -Al loro que habían pasado solo CUATRO años desde la expulsión de los españoles-. Grant respaldó enseguida la propuesta, pero cuando todo parecía hecho, cuando esta gigantesca burla a los muertos de tres, subrayo TRES procesos independentistas en menos de 50 años se iba a hacer realidad, el malhadado Senado estadounidense decidió propinarle una sonora humillación a su presidente y rechazó el tratado de anexión. En los años siguientes Báez cedería la península de Samaná a una compañía norteamericana, la Samaná Bay Company, pero ya no sería lo mismo.

Ahora sí que sí. Después de ofrecer un protectorado a Francia y al Reino Unido, de una anexión fallida a España y de una casi anexión a EE. UU., ahora sí se ponía fin a tanto lisérgico dislate. Este último fracaso calló para siempre esa vocecita que llevaba sonando en las cabecitas de todos aquellos que rondasen el poder en Santo Domingo (“nosotros solos no podemos”). El virus, tan resistente, tan indestructible, había sido aniquilado. Eso sí, muy pronto o quizás ya desde ese mismo momento, los presidentes y diputados dominicanos empezarían a oír un susurro que con acento anglosajón no pararía de murmurarles: “vosotros solos no podéis”, pero esa es otra historia.

¿Y qué fue de nuestro amigo Báez? Pues irreductible él, luchó por mantenerse en el poder hasta la última gota de sangre opositora, pero en 1874 tuvo que renunciar. Dos años más tarde regresaría, para ocupar por quinta vez la presidencia, pero una nueva sublevación militar lo mandó definitivamente al exilio en 1878 donde moriría en 1884. Su cadáver no sería repatriado hasta 1914, bajo la presidencia de Ramón Báez Machado, que, fíjense ustedes qué casualidad, era su hijo.

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